Madrid, la nueva Cataluña



Si existe un sustantivo que describe mejor el sentir de los españoles, ese es el de contrariedad. Contrariedad es la que siente el pueblo, de izquierda a derecha, al ser testigo de cómo el país se ha transformado en un campo de batalla política, en el que confluyen un puñado de partidos ajenos a lo que los griegos clásicos denominarían el ‘bien común’, aquello que debería perseguir el Estado y el buen gobernante.

Contrariedad es la que sienten los españoles ante los insultos, descalificaciones y disputas estériles que presencian en el Congreso. Contrariedad es la que perciben los ciudadanos ante los espectáculos que están ofreciendo gobiernos central y autonómicos, como el de Madrid, mientras se enzarzan en batallas judiciales difíciles de entender para el común de los mortales.

“Decía Napoleón que la altura del soberano depende de la altura de su pueblo. Pues así somos”

Ahora que aparentemente están aparcadas, que no enterradas, las tensiones políticas en Cataluñaa la espera del sustituto de Torra, el rifirrafe se traslada a Madrid.

Fuera de España el panorama es aún peor, y si Madrid es la nueva Cataluña, China es el nuevo EE UU. El mundo se siente contrariado cuando percibe cómo una gran potencia, que se suponía que era la garante del orden mundial, tiene un presidente como Trump a la cabeza, ahora más desatado que nunca y, encima, con posibilidad de reelección; el pueblo también está contrariado ante una emergente China que, pese a sus circunstancias, se exhibe ante el mundo como benefactora y como ejemplo a seguir. Entre tanta contrariedad se mueve el ciudadano como si no tuviera bastante con intentar llegar a final de mes. Decía Napoleón que la altura del soberano depende de la altura de su pueblo. Pues así somos. ¡No hay más!